Cuando sólo el enemigo puede cubrir tu retirada
06 sep 2009
De Afganistan a México el estado está en retirada. El invitado sorpresa del Nuevo Orden Internacional ha resultado ser el menos deseable de los protagonistas de la globalización: el poder del narco.
El curso político comienza en Europa con la sensación de que Afganistán se ha convertido en una trampa. La UE puede intentar lo que quiera para reducir la corrupción del nuevo gobierno afgano, pero la verdad es que la economía de las drogas y el crimen tiene mejores incentivos.
EEUU se plantea ya otra salida en falso, creando un caos controlado alrededor del cultivo de opio y el tráfico de heroina que parecen poder financiar eternamente a los talibanes.
No es sólo EEUU, el ciclo de intervenciones internacionales se está cerrando con un nuevo fenómeno global: los grandes estados están aceptando ser un igual entre bandas y empresas militares simplemente porque no tiene pulmón estructural ni financiero para aguantar el embite. Es más, es el propio ejército de EEUU el que está creando a los nuevos señores de la guerra, locales y globales llevado por la necesidad de fabricar aliados que le cubran la retirada.
Cambiar las reglas del juego
La consciencia de que es necesario ganar tiempo, recuperar terreno antes de que la pendiente sea insalvable y la caída libre deje como única consigna un sálvese quién pueda generalizado entre los estados centrales empieza a emerger como una urgencia de primer orden.
En la otra parte del mundo, Mexico está en un callejón sin salida en su guerra contra los cárteles. Se ha endeudado internacionalmente para mantener la presión, ha militarizado las calles… y mientras, la crisis se ha hecho sentir socialmente como nunca y ha puesto al borde de la quiebra al estado.
Lejos de solventar nada, la guerra contra los cárteles, hasta el momento, ha servido de acicate darwinista. Lo que hay al otro lado de la línea de fuego es cada vez más potente y difícil de enfrentar.
La sensación creciente es que hay que dar una entrada en la legalidad a los traficantes que a su vez sirva de coto a la economía de la droga… antes de que se lleve por delante no ya a estados fracasados como Guinea Bissau, sino a grandes estados como Mexico.
Este es el sentido de la ley de narco-menudeo. Tras su aprobación las críticas conservadoras han sido meramente rituales. La guerra contra las drogas se ha perdido y a la cabeza de quienes apuestan por reconocerlo hay gente tan poco sospechosa como Fernando Henrique Cardoso.
Toca inventar unas nuevas reglas que consigan evitar que el narco tenga todos los incentivos para destruir el estado y opte por parecerse más al negocio del alcohol que a un paraestado.
El primer paso podría ser una legalización parcial de las drogas en EEUU. Analistas influyentes en el entorno de la nueva administración como David Rieff lo defienden ya abiertamente:
El sentido de la Era Obama
Las grandes cruzadas conservadoras norteamericanas como War on drugs o War on terrorism no sólo han acabado en fiasco. Han comprometido la naturaleza misma del estado y el orden internacional, acelerando una descomposición social y política inimaginables en 1989.
Aún hoy -que no podemos negar su verdad- nos resulta brutal el balance de Bruce Sterling:
The War on Drugs ends. Why? Because narcotics has triumphed. Narcotics is richer, stronger, faster, more feral and better-armed than the cops. The scourge, the weed, the needle, is loose upon the earth, and you can score coke at a lemonade stand
El presidente Obama parece condenado a ser quien reconozca en voz alta que el rey está desnudo y lo que es peor, que mientras se pavoneaba por el mundo, sus viejos atributos de mando parecen haberse estropeado definitivamente.
El estado ha pasado de soberano absoluto a poder moderador en el juego internacional. No pregunten demasiado quién ha ganado la representación, no son quienes esperábamos ni quienes parecían más deseables.
El invitado sorpresa del nuevo orden internacional no ha resultado ser un joven idealista y sensato a lo Sidney Poittier en Adivina quien viene a cenar esta noche, sino James Cagney.





[...] Asistimos a un cambio tan radical como historicamente trascendente: el estado pierde, mes a mes, noticia a noticia, el monopolio de lo internacional, no digamos de lo transnacional. Es más, de hecho ni siquiera aparece como un competidor frente a los nuevos agentes, sino en los casos más dramáticos, como un acelerador del proceso. [...]