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De la globalización a la descomposición

01 sep 2010

¿Da la descomposición razón del nacionalismo o está el nacionalismo en el origen de la descomposición? ¿Es la descomposición el producto natural de la globalización o la consecuencia de su estancamiento?

La globalización no es más que un proceso de integración de mercados, de generación de interdependencias entre las economías que lleva a que estas ya no puedan entenderse desde lo local, lo nacional o incluso desde lo regional, sino únicamente de forma global.

El término comenzó a usarse masivamente en los años noventa. En aquella década, tras el derrumbe del bloque soviético y el desarrollo de las políticas reformistas de Deng Xiao Ping en China, las economías socialistas comienzan su integración en el mercado mundial. El proceso consiguiente reacelera las tendencias a la integración en el antiguo bloque occidental: en 1993 la Comunidad Europea alcanza la integración plena de mercado y se convierte en Unión Europea con el compromiso de mercado único consensuado con el Tratado de Maastrich, en 1994 se firma el acuerdo de libre comercio entre EEUU, México y Canadá, en 1995 se funda finalmente la OMC. La emergencia de nuevas potencias que ahora, quince años después, estamos viendo es consecuencia directa de aquel acelerón del proceso de integración económica global.

Igual que la primera globalización (1848-1914) tuvo en el telégrafo su símbolo y su tejido nervioso, esta tercera fase tiene a Internet. El impacto de ambos medios va mucho más lejos que la inmediatez en la comunicación: modificaron la topología de redes informacionales, de comunicación y por tanto del comercio. Del mítico Venca a Ali Babá media un mundo. Internet impulsa un desarrollo competitivo de los mercados que erosiona las posiciones de poder de las élites ligadas al papel económico del estado. Globalización + redes distribuidas = Capitalismo que viene.

Las resistencias a la globalización

El proceso de globalización se construye desde cada mercado sobre tres vectores: libertad de movientos para las personas, las mercancias y los capitales. Mientras el último alcanza cierta fluidez en una década, el segundo avanza correosamente y el primero, las personas, encuentra cada vez más y más violentas cortapisas… con las que chocan las nuevas migraciones masivas que van del interior asiático a la costa en desarrollo, de Africa a Europa y de Centroamérica y México a EEUU.

En un primer momento las resistencias a la globalización se dan sobre todo en los países ricos. El desarme aduanero y la libertad de competencia amenazan en primer lugar sectores como el agrario o el cultural que han sido pilares de la construcción identitaria y clientelar del estado nacional. Obviamente hay un desequilibrio en el proceso que acentúa la inseguridad de los sectores más protegidos por el estado nacional: desde los sindicatos a los agricultores pasando por el audiovisual y los diversos beneficiarios del capitalismo de amigotes.

Bajo distintas formas aparece tanto en Europa como en EEUU nuevos enfoques para el nacionalismo y junto a ellos sectores que piden tiempo, que pretenden reformar la globalización, hacerla más armónica no impulsando aún más el libre comercio y la libertad de movimientos de las personas, sino al revés, restringiendo una vez más el movimiento de capitales y poniendo barreras no arancelarias al comercio (como las famosas claúsulas sociales). Son los altermundistas. La evolución de China y otros países demostrará en los hechos que las clausulas sociales sólo relentizan la salida de la pobreza… pero paradojicamente reforzarán también el modelo capitalista autoritario como referencia tanto para los países exsocialistas como para la sociedad de control hacia la que apuntan los estados nacionales en los países ricos.

Pero las resistencias más importantes se dan logicamente en los países periféricos. En los 90 Somalia da el primer ejemplo claro de cómo la unión de las políticas de ayuda humanitaria europeas, el cierre de mercados y el bloqueo de las élites económicas en torno al estado, pueden llevar a las estructuras políticas básicas a la implosión total y su sustitución por paraestados en manos de señores de la guerra. Sólo una década después reaparecerá cierto orden y un nuevo dinamismo económico… el orden a través de Al Shebab, -versión local de AlQaeda- y el crecimiento económico a través de la piratería. El cuadro completo de la descomposición en su fase terminal.

Descomposición

Pero no saltemos pasos. El cierre de filas de las redes clientelares y los privilegiados del mundo nacional en torno al estado no es un fenómeno periférico. En EEUU y en Europa las industrias dependientes del monopolio de la propiedad intelectual (cultura y entretenimiento, farmaceúticas, software…) juegan cada vez más abiertamente un papel dirigente en las políticas estatales. Del Digital Millenium Act de Clinton al ACTA el control social hacia dentro y el tecnoimperialismo hacia fuera se convierten en la base del orden mundial impulsado por la UE y EEUU.

A otra escala fenómenos similares de fusión y parasitismo clientelar alrededor del estado aparecen en todos los estados. Los intereses vinculados al estado cierran filas en torno a este, restringiendo su alcance y capacidad y enquistándolo en un nacionalismo útil para evitar la pérdida de poder para las élites locales a corto plazo pero destructivo para el propio mercado interno a medio, sobre todo en los mercados nacionales más débiles.

En consecuencia surgen progresivamente ”zonas de sombra” donde el estado no llega por su propia definición nacional o donde es incapaz de mantenerse por su pérdida de centralidad económica. Son estos espacios los primeros en ser ocupados por paraestados y redes criminales transnacionales. Es el terreno natural de Hamas, el Primeiro Comando da Capital o los cárteles mexicanos.

¿Pero de dónde salían estos movimientos? Las políticas de captura funcionaron como el perro del hortelano: al limitar el alcance de la globalización y cercenar el desarrollo del capitalismo que viene sin recursos ni capacidad para conseguir un cierre total o alternativo en un ámbito menor, el nacionalismo de las élites privó a las clases medias de acceso a las posibilidades de competir en la globalización al tiempo que les negaba ya la protección clientelar del estado.

Son las nuevas clases globales de la postmodernidad. Los descolgados de la globalización, las élites medias de las estructuras sociales de la perifería eran ya hijas de Internet y las compañías de vuelos baratos. Si volvemos atrás un lustro y miramos las biografías personales de sus líderes veremos que los dirigentes de los cárteles mexicanos habían estudiado en inglés en buenos colegios, los activistas de AlQaida habían estudiado en universidades occidentalizadas y hecho viajes de estudios a Europa e incluso la dirección del Primer Comando da Capital paulista gestionaba vía satélite el curso de sus tráficos en tres continentes con la eficiencia de los sistemas de logística y mensajería punteros en el mercado.

Conclusiones

Pocas cosas pueden representar mejor qué es la descomposición que esa nueva lumpenburguesía transnacional. Y sobre todo hasta qué punto la descomposición misma es el producto de un equilibrio de fuerzas mantenido demasiado tiempo, entre el capitalismo que viene y los sectores que viéndose perjudicados por él mantienen sin embargo el control sobre el aún formidable poder del estado.

Evidentemente las consecuencias son distintas en cada parte del mundo en función de su lugar en el mapa económico y político mundial. Lo que en EEUU genera el Tea Party en Venezuela genera el chavismo y en Palestina Hamas. Lo que en Somalia abre paso a una alQaeda local, en Michoacán da lugar a una filé negra. Lo que en Rusia produce el fenómeno Putin en EEUU y la UE se manifiesta como leyes tendentes a la sociedad de control. Pero en realidad se trata de la misma obra representada en distintos escenarios con distintos contextos.

Y por cierto demuestra cómo el altermundismo no puede sino ser contraproducente y el antiglobalismo directamente reaccionario pues ambos acaban alimentando y dando razón de un enquistamiento nacional del estado indistinguible de su captura por las redes empresariales y clientelares que están en el origen de la descomposición misma.

La descomposición no es una consecuencia de la globalización, sino de su estancamiento ante la resistencia de los sectores del poder económico y social dependientes del estado nacional. Resistencia que hasta ahora ha podido frenar el tener que verse sometida a una creciente competencia… pero que en el intento ha sacrificado la cohesión social e impulsado para paliarlo políticas cada vez más autoritarias vestidas, eso sí, de canto identitario al imaginario nacional.

Por eso el globalismo tiene más sentido que nunca.

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12 Comentarios a “De la globalización a la descomposición”

  1. Natalia Fernández

    Además, la capacidad de poner parches por parte de los Estados cada vez es menor. La instalación de Dupont en Asturias o Suzuki en Andalucía forman parte de una época pasada.

    El desarrollo de la tecnología con las redes distribuidas a la cabeza y la propia globalización modifican la forma y el tamaño de las empresas. Las empresas industriales clásicas hacían toda la cadena de valor. Hoy externalizas cada vez más segmentos. Resultado: las empresas son cada vez más pequeñas en trabajadores e interdependientes de otras que están a decenas de miles de kilómetros. ¿Cómo era una empresa de teléfonos hace 20 años y qué sería hoy? Hoy harías el diseño y buscarías fabricantes en alibaba.com, contratarías una empresa de marketing para darlo a conocer en cada mercado, una empresa de logística en cada lugar para su distribución y te concentrarías en “hacer el cuento” de tu propio producto y diseñarlos cada vez mejor. ¿Cuantas personas hacen falta para eso en la empresa propiamente dicha? ¿Cinco, diez?

    Antes la administración podía esperar “recuperar” el territorio trayendo una fábrica que creaba cientos de puestos de trabajo, tirando un penalti. Ahora no quedan ya muchos penaltis que lanzar que recuperen el tejido económico y la cohesión social de un territorio.

    Sin embargo, sí es posible crear las condiciones para la generación de un tejido empresarial globalizado, promover la globalización de los pequeños.

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  2. Ivan

    Un relato muy bien engarzado. Tan sólo quisiera indicar que tal vez falte especificar por qué es lógico que los países periféricos opongan mayor resistencia a la globalización, y en consecuencia de qué surgen las zonas de sombra en la cobertura estatal, para que acabar de redondearlo. Yo diría que lo primero es por la debilidad del estado y la falta de cohesión social iniciales en esos países, y lo segundo es justamente consecuencia de la interacción de lo transnacional con la limitación territorial o económica del estado. Perdón, pero soy un poco pejiguero con las conexiones causales ;) .

    Por cierto, qué bueno lo de «lumpenburguesía transnacional» :D . Y completamente de acuerdo con Nat, hoy parece más factible descomponer la cadena de valor en modulitos recombinables. Al ser reemplazables los menos exigentes a nivel intelectual una vez externalizados, también se hace más fácil la independencia territorial de éstos y con ella la del producto (si se ha pensado transnacionalmente, por supuesto).

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    • David de Ugarte

      @Iván: En realidad no hay “más” resistencia en los países periféricos, al revés, tal vez haya más o cuando menos más poderosa en los países “centrales”. La cuestión es que con estados más frágiles surgen antes las zonas de sombra e incluso colapsan.

      Somalia, con una economía de dos productos (sorgo y ganadería) a duras penas podía soportar el coste de su propio estado que en buena parte dependía de distintas formas de cooperación internacional… que a las finales servían para mantener a las élites, las cuales obviamente tampoco estaban por abrir el país ni cambiar las cosas. Cuando estas se refugiaron casi en exclusiva en el estado durante la gran sequía, al principio la gestión de la ayuda humanitaria les dió sustento y negocios… el trigo gratuito se convertía en vacas (la única exportación de Somalia, a Arabia Saudí) y estas salían más baratas, aunque a costa de los campesinos cuyo sorgo no pudo sobrevivir a la unión de sequía y la competencia del trigo gratuito. Cuando acaba el grueso de la ayuda europea las élites se dan cuenta de que el poco sorgo que queda es caro, no hay con que alimentar a las vacas y por tanto sus negocios de exportación fallan (curiosamente el mercado de carne de Arabia Saudí pasaría a los europeos). Como la economía cae, se recaudan menos impuestos y el estado va a entrar en bancarrota. De la noche a la mañana queda claro que la última fuente de ingresos posibles es la exacción directa a los campesinos y el control y reventa de la ayuda humanitaria que queda. Los caciques locales toman el control y se arman. Los militares se convierten en señores de la guerra. Somalia ha desaparecido como estado.

      ¿Fue la resistencia a la globalización especialmente fuerte en sus élites antes del desastre? Realmente no, pero bastó para poner todas las condiciones para el hundimiento. Tenían muy poco margen de maniobra. El estado somalí no daba para enfrentar una sequía y al mismo tiempo facilitarles los negocios (bajando el coste de alimentación del ganado) sin comprometer su propia existencia.

      Osea, hay en Francia por ejemplo, muchísima más resistencia a aceptar la globalización (desde el cine a la agricultura hipersubvencionada, pasando por Internet o unos servicios públicos y un funcionariado hipertrofiados)… pero la economía francesa, aunque tenga fisuras y problemas estructurales cada vez mayores, tiene todavía muchísimo margen. Ventajas de ser el estado de un país “central” :)

      @Gonzalo: Creo que la clave es dejar de pensar el estado en términos nacionales. Más [[principio de ciudadanía]] y menos o nada de [[principio de nacionalidad]]… pero estamos viviendo la tendencia contraria y uno se pregunta si no habría que poner más cosas en cuestión. Mientras tanto seguramente [[objetivos de la filé a 25 años|haya que construir algunas cosas importantes]] sin esperar a los estados.

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  3. Gonzalo Martín

    Brillante relato. Quizá conviene añadir una reflexión sobre los retos que plantea un escenario de esta clase en su consecuencia política entendida como el “gobierno de los asuntos públicos”. Es decir, nos hemos acostumbrado a que erradicar la esclavitud, por ejemplo, la protección de eso a veces mal entendido o ampliado a cosas que no son que damos en llamar “derechos humanos”, formaba parte del estado como cohesionador social, especialmente si son los occidentales con toda la hipocresía que eso entraña o ha entrañado de modo recurrente: la forma de gestionar la seguridad (seguridad física y de las propiedades) y las estructuras de decisión colectiva que deben formar parte del mundo de la globalización son preguntas bastante abiertas.

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  4. Gonzalo Martín

    Por supuesto, pero el principio de ciudadanía está concebido con soporte en un territorio que no permite que todo el que quiera sea ciudadano. Parece más sencillo a corto plazo (puede que como una transición inevitable: primero somos Flandes y, cuando ya lo somos, podemos inventar otra cosa) un estallido de estados pequeños fuertemente nacionalistas asociados en estructuras grandes (tipo UE) y con muchas intenciones de mantener un fuerte control estatal de la vida privada y promoción de identidades “obligatorias”. Dado que el poder del estado nacional para hacer esto reside en su enorme poder regulatorio y su enorme recaudación fiscal, la única vía razonable de sostener el principio de ciudadanía, me parece, pasa por alguna forma de minarquismo.

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  5. Manu

    Hoy he conocido Las Indias y su contenido y propuestas me tienen anonadado. Todavía en estado de shock leo este artículo que me parece enormemente provocador. Para no alargarme quiero detenerme sólo en uno de los párrafos que más me han removido.

    “En consecuencia surgen progresivamente ”zonas de sombra” donde el estado no llega por su propia definición nacional o donde es incapaz de mantenerse por su pérdida de centralidad económica. Son estos espacios los primeros en ser ocupados por paraestados y redes criminales transnacionales. Es el terreno natural de Hamas, el Primeiro Comando da Capital o los cárteles mexicanos”.

    Yo creo que el actor más importante en las “zonas de sombra” es la elite financiera con sede en Nueva York que maneja el capital que le llega desde todos los rincones del planeta. Esta elite condiciona las decisiones reales de los políticos que de cara al electorado entonan la variedad de cantos nacionalistas, progresistas o conservadores. Me causa inquietud que no se mencione la elite financiera como un agente esencial y en cambio se aluda a “malos” tópicos tipo terroristas islámicos y narcotraficantes.

    Si a todo esto sumamos lo que el autor dice sobre los altermundistas y los aspectos negativos de las llamadas clausulas sociales… el texto adquiere colores perversos (no me interesa salir de pobre -habrá quer verlo, y hay más pobreza que la económica- con trabajo infantil que sirve para llenar bolsillos ya repletos).

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    • David de Ugarte

      @Manu: No, si el que tiene que salir de pobre no eres tú -que ya te beneficias de la inmensa cantidad de capital acumulado gracias a las miserias pasadas por la generación de tus abuelos y bisabuelos- sino el proletariado chino… y éso es precisamente lo que está pasando y no habría pasado si las importaciones de China se hubieran condicionado a unos ciertos salarios mínimos.

      Esto no es ninguna “perversa” teoría del gran capital financiero, es el modelo de desarrollo básico capitalista. Marx le llamaba la “acumulación primitiva”, Solow las bases de un “desarrollo sostenido”. No encontrarás un solo economista, ni marxista ni neoclásico que no asuma una fase así tanto en modelos de libre mercado como en planificados. El arranque y el objetivo es siempre igual ya sea en la URSS stalinista, la Barcelona de la Renaixença, el Buenos Aires de entreguerras o en el Taiwan liberal de los 90: acumulación de capital sobre un uso extensivo de la mano de obra que poco a poco permite mejorar la tecnología (importación de capital), lo que a su vez aumenta la productividad que es la que aumenta salarios reales, consolidando un mercado interno… Al final lo que la caída de la URSS demostró fue que si el mercado interno no se inserta en el global y se sustituye su rol por el del estado, las ineficiencias acaban matando el proceso entero y produciendo una regresión que acaba en hundimiento del estado mismo.

      @Gonzalo: pues si… pero para eso han de prosperar primero comunidades/empresa transnacionales ([[filé]]) con capacidad para aportar esos espacios de cohesión social que el estado o no llega a cubrir (precisamente porque son transnacionales) o simplemente porque no tiene capacidad económica. Pero sí, a grandes trazos, me imagino el estado futuro más parecido a un ayuntamiento actual (osea centrado en la gestión de infraestructuras y servicios básicos con lógica territorial) que a un estado nacional identitario.

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